Expandir el conocimiento

22/Nov/2011

El Observador, Jorge Grünberg

Expandir el conocimiento

19-11-2011 POR ING. JORGE GRÜNBERG RECTOR DE LA UNIVERSIDAD ORT DISCURSO PRONUNCIADO EN LA CEREMONIA DE GRADUACIÓN EL 28 DE OCTUBRE DE 2011
ORT cumple en 2011, ciento treinta y un años de actividad ininterrumpida en el mundo. Somos una institución privada pero con una misión pública, que es expandir las oportunidades educativas de los uruguayos y ayudar a la modernización de nuestro país.
Desde su inicio, ORT fue un movimiento abierto a todos, inspirado en valores judíos universales como el mandato imperativo de ayudar a los demás, «reparar el mundo», y en especial la centralidad del aprendizaje. Como dice el Talmud: «Nadie es pobre, excepto el que carece de conocimientos. Una vez que una persona posee conocimientos, ¿de qué carece? Y si una persona no adquiere conocimientos, ¿qué posee?».
Cada año, con la dirección de nuestra directora general, producimos una agenda que además es una reflexión. En este año recuerda las enseñanzas de Janusz Korczak, un gran educador judío que publicó una obra pedagógica pionera en las primeras décadas del siglo XX. El Dr. Korczak dirigía un orfanato en el gueto de Varsovia. Durante la ocupación alemana su trabajo se hizo cada vez más peligroso y finalmente los ocupantes decidieron deportar a todos los niños del orfanato. El Dr. Korczak recibió una propuesta de salvarse pasando a la clandestinidad, pero él no estuvo dispuesto a abandonar a los niños. Cuando llegó la hora, marchó junto a sus alumnos hasta la estación del tren que los trasladó al campo de exterminio de Treblinka. Allí fue asesinado junto con ellos. Esperemos que ninguno de nosotros tenga que enfrentar nunca una opción moral de esta magnitud inconmensurable. Este gran educador sigue siendo una fuente de inspiración, pero no por cómo murió sino por su obra. El Dr. Korczak nos dice: «Un buen educador no impone, libera, un buen educador no tira de nadie sino que levanta, no dicta sino que enseña, no exige sino que pregunta».
La graduación es un momento importante porque es una medida de nuestra fortaleza interior, de nuestra resiliencia frente a las dificultades. Hemos sido exitosos si además de aprender las profesiones que eligieron, han incorporado valores que los guíen en su razonamiento moral. Valores como que solo debemos diferenciar a las personas por sus virtudes y capacidades, que los individuos somos responsables de nuestros actos y omisiones y que no debemos conformarnos con menos de lo que podemos rendir.
Prepárense para un nuevo mundo donde están cambiando los paradigmas culturales. Este nuevo mundo se caracteriza por la aceleración de los acontecimientos, la conectividad y la colaboración. Desde Wikipedia hasta la plaza Tahrir vemos conductas humanas impredecibles e incontrolables que se autoorganizan, y eventos históricos que se producen en menos tiempo de lo que en nuestro país creamos una comisión para decidir quién va a integrar una comisión. Prepárense para los cambios en los paradigmas productivos. Estamos en una era de automatización en la cual el trabajo repetitivo cada vez más será realizado por máquinas «inteligentes» y móviles. Todo esto significa que en el futuro cada vez más los trabajos genuinos requerirán el tipo de valor que surge de lo que no se puede automatizar, es decir del aporte creativo, de la flexibilidad, de la iniciativa ante lo incierto y lo inesperado, de todo aquello que nos define como humanos. Les espera una era profesional muy distinta a las anteriores generaciones. Nunca hubo tantas oportunidades para personas cada vez más jóvenes de saltear jerarquías, de lanzar emprendimientos novedosos y audaces, y de proyectarse mucho más allá de su punto de origen, ya sea geográfico, social, cultural, económico, étnico o lo que fuera.
En los próximos años va a ser su momento de definir el país en que quieren vivir. Estamos en un momento histórico con un crecimiento inédito que puede ser el paso anterior a transformarnos en una sociedad desarrollada. Pero nos surgen dudas sobre si en nuestro país existe una estrategia sostenible de desarrollo o si solo aceleramos porque estamos «con viento a favor». Después de varios años de crecimiento, la producción exportable se ha vuelto más basada en commodities que en la década anterior. Solo 2% de nuestras exportaciones tienen un alto contenido tecnológico. El sistema educativo público es más ine-ficiente y desigual que nunca. Menos del 10% de los uruguayos culminaron estudios universitarios. En lugar de invertir en la infraestructura humana, digital y física que necesitamos para desarrollarnos, estamos gastando nuestros ingresos extraordinarios en intentar recrear un Estado de bienestar que ya no existe, ni siquiera en los países europeos que lo inventaron.
La filantropía estatal basada en empleos subproductivos, subsidios incondicionales y tolerancia a la informalidad, no soluciona la marginación ni la desigualdad. Por el contrario, las perpetúa, porque la desigualdad en el largo plazo no es de ingresos: es de capacidades y de oportunidades. Porque el desarrollo no es la ausencia de pobreza, el desarrollo implica expandir las opciones de los ciudadanos de vivir la vida de las maneras que valoran y que los valoren frente a los demás.
Reformar implica optar. Esto parece fácil cuando optamos entre valores que consideramos legítimos y otros que no. A nadie le cuesta optar entre dictadura y democracia, pero requiere más coraje moral optar entre valores que consideramos legítimos pero que son mutuamente excluyentes. Para dar un ejemplo, todas las investigaciones internacionales muestran que para mejorar un sistema educativo, lo más importante es seleccionar a los mejores graduados de secundaria para ser profesores, pero esto colisiona con un valor muy querido por los uruguayos como es el acceso irrestricto a la educación superior. Hay que optar.
Esto es lo que señalaba Isaiah Berlin, profesor de Oxford y uno de los más importantes filósofos del siglo XX. Él decía que «estamos condenados a elegir». Según Berlin, sin elección no hay acción posible. Reformar no implica solo optar, sino también actuar. Tenemos una obsesión en nuestro país por las palabras y las leyes. Pero hablar no es lo mismo que actuar y legislar no es sinónimo de resolver.
Debemos adoptar una ética de la acción en la cual actuar y arriesgar sean conductas valoradas y la inacción y la omisión moralmente censuradas. Los líderes no deben exhortar porque no son predicadores, deben ejecutar. Esperar a tener apoyos unánimes para hacer reformas puede ser una excusa para no actuar: no hace falta un megaacuerdo partidario para darse cuenta que se requiere acción urgente en la educación.
Para terminar quiero contarles una pequeña anécdota. Hace dos semanas, estaba en el auto esperando a mi hijo y leyendo en un iPad, y se me acercó un niño cuidacoches a pedir una moneda. Al acercarse me preguntó qué tipo de aparato era el iPad. Le contesté que es una computadora. Nos quedamos mirando y agregué: «Es como la que te dieron en la escuela por el Ceibal». Ninguno de los dos muy convencidos, pero se quedó pensando, se olvidó de la moneda y se fue. Al rato volvió y me dijo que él no sabía para qué usar la computadora que le habían dado. Le dije que yo mucho tampoco, pero le comenté que la uso para leer los diarios, estar en contacto con otras personas y buscar información.
A la semana siguiente estaba parado en el mismo lugar y volvió el mismo niño y me dijo que había empezado a usar su computadora para leer sobre fútbol argentino, mirar videos de los Wuachiturros, y que de paso encontró información sobre el Bicentenario que había leído por primera vez porque en su casa no hay ni libros ni revistas. Nos quedamos conversando. Aproveché para regalarle una versión de Scratch, que es un lenguaje de programación que estoy aprendiendo con la ayuda de la Dra. Inés Kereki, para usar con mi hijo, y le mostré para qué servía. De paso, le comenté que yo no lograba programar que el arquero saltara como yo quería en la pantalla. A la semana siguiente otra vez encontré al mismo chico porque voy siempre al mismo lugar. Se le iban todos los coches sin dejar monedas porque estaba sentado en el cordón de la vereda con su computadora, distraído. Cuando me vio, me dijo que yo era un burro y me explicó cómo se programa el salto del golero. Le agradecí, nos quedamos mirando otra vez. Cuando el niño de escuela le enseña al rector de la universidad todo es posible. Ese es el país que me quiero imaginar.
¡Muchas gracias!